25 septiembre, 2010

I

 Eran las 10:30 de la mañana, como siempre el calor infernal, el sudor que se adhiere al cuerpo, la baba que va desde los sueños a la almohada. Eran las 10:30. No iba a levantarse. Estar en el sinsentido del inconsciente se le hacía placentero. Veía úteros, casi siempre, niños, casi siempre, caídas, casi siempre, espejos, casi siempre, asesinatos, siempre. Decidió revolcarse un momento más, intentar obstinadamente cerrar los ojos. -Pero es que no hay nada  que pueda hacer-y el timbre del celular, invento inoficioso.

-Mona, ¿Donde estas? ¿En la casa o en la U?
- En la casa, no tuve clases hoy,- mentía entre sorbos de dientes ácidos.
- Voy para allá.

La  conoció hace poco por medios de los avatares de la ciencia y la tecnología, en conclusión, por internet. Era alta, en extremo delgada, con los ojos saltones y con cierto vestigio de inocencia. Eso era lo que siempre le atraía. Las mujeres con ojos inocentes, luego proponerles perversiones, luego verles la cara transformadas en el momento del desdoble, mirar como separaban los pies del piso, como volando. Lo que más le gustaba de la flaca era los senitos pueriles que tenía, podría asirse todo un ejército de esos putos senos aunque ella terminara de secarse, sonreía pensando  Mona mientras se lavaba los dientes.
-         - ¿Qué paso?
-         - Creo que estoy embarazada
-          -¿Compraste la prueba?
-          -
-          -Bien, sigue, el baño esta a la derecha.

Le había dicho con anterioridad que se cuidara del semen insecticida de los hombres, se lo había dicho mil veces, pero como es una estúpida, como estúpida había sabido hacerse la de los oídos sordos. - ¿Me vas a ayudar cierto?, Si resulta positivo me ayudas, ¿verdad? Era casi un llanto lo que escuchaba a través de la puerta. Mientras, la imaginaba sobre el recolector, las piernas en posición dolorosa, temblando, sus dedos finos y hábiles cuidando de no estropearlo todo, impregnar el piso con el olor rancio del meado, meter la tirilla la cantidad justa, lo necesario y esperar.

Era evidente la demora, Mona impaciente estuvo a punto de gritar, casi preocupada. De pronto, apareció la flaca tras la puerta.
-Toma no puedo leerlo, - ¿Qué dice?

Sus ojos hinchados tuvieron una expresión de ternura y odio mientras la observaba frágil en su ignorancia. El deseo fue más fuerte y le creció por la boca como espuma. Decidió no tener compasión. No esperar que pasara el sobresalto. Hacerle lo de siempre y poseer dos almas en un solo tiro.

-          Dice que salgas de ahí, flaca, y te desnudes

Jazz 2010