27 marzo, 2017

Una mujer necesita un trago



Por aquellos días el insomnio no daba tregua. Se sentaba lento en el borde de mi cama, deslizaba suavemente las cobijas  y se me atornillaba en los tobillos, en los glúteos, en el pecho, me recorría extensamente las piernas y luego me penetraba duro, rápido y tenazmente. Ya después no me sentía de otra forma sino como abandonada, elevaba las piernas, ponía música baja, organizaba el chiquero que había amontonado por días y si no encontraba algo que beber, salía a la calle a intentar que algún chico lindo me invitara.

Cuando llegué al bar estaban cerrando. Había tres parejas bailando lento, ebrias de deseo y alcohol y cigarrillos baratos. La música alegre contrastaba con mi estado  pero no importaba, yo estaba allí para conseguir una cerveza gratis y con quien olvidarme de la agonía. Un rubio se acerca a la barra y me mira con lascivia, seguramente tiraría como los dioses y sin embargo no lo prefiero, tal vez alguna mirada tierna me vendría bien, un beso en la frente, en los ojos, en la concha y todo estaría bien a pesar de que luego no podamos ni acordarnos de nuestras caras. Dick, el barman, interrumpe mi pensamiento y me dice que debo irme, que van a cerrar; yo le lanzo una mirada cómplice que inmediatamente rechaza, no me dejará quedarme y aunque se la chupe no me va a dar una sola gota de alcohol. Entiendo que todo está perdido y salgo a la calle.

¿A donde corren las almas desamparadas esta noche de abril?


El rubio ha esperado a que salga, me ofrece un cigarrillo, es un pendejo, luego saca una botella de  alcohol artesanal de la Sierra, me dice que vive cerca y que si  gusto lo acompaño, pienso que en mi apartamento me espera mi diminuta cama, con sabanas sucias del sudor de abstinencia y le digo que sí y le ofrezco una sonrisa, esa que he bautizado como cinematográfica, lo miro fijamente, doblo mi cara hacia mi hombro izquierdo, el cual he descubierto que es mi mejor angulo y le muestro la fila lustrosa de cada uno de mis blancos dientes superiores… la cual pienso que se parecen a un teclado de un piano antiguo, luego, bajo la mirada y un dejo salir un imperceptible suspiro y espero a que  el hombre que esté a mi lado entienda que yo soy una mujer frágil y vamos ¿A qué hombre no le gusta las mujeres frágiles? Les gustan las niñas, hermanas, madres, mujeres dóciles y de culo fácil, esas que se cojen cuantas veces lo desean y que luego sufrirán con el abandono y bueno, yo estoy aqui con mis pechos grandes diciéndote con mis teclas como dientes que lo seré, claro que sí chico, me portaré bien si me das dos o tres  tragos y  prometo no olvidarte y llorar en tu nombre luego para que las noches de abril no te sean tan miserables...

-Vamos-