28 abril, 2016

Día bisiesto



Lunes. La alarma de siempre muda, insomne, con un parpado frío. Nada que hacer. Iba a llegar tarde aunque se dejara los dientes sin lavar  o decidiese salir corriendo con la ropita sucia de alcohol y marihuana que no se había quitado. Decidió, por fin, llamar al jefe, mentir. Nunca le había pasado, así que fue sencillo; no hubo culpa, ni sudor en las manos, incluso empezó a sentirse realmente mal, como con tos y fiebre  antes de  colgar el teléfono.

La mañana había iniciado rara, se encontraba siendo sorprendido por una luz  afelpada, que no reconocía; en la oficina en su cubículo en la parte trasera del piso veintidós  solo se adivinaba el rumor del mundo abajo, recordó cómo se sentía una hormiga  cada vez que  escuchaba lentamente a la gente de afuera, como le abordaba una sensación de lejanía con todo y  todos.

Fue al baño y luego de una ducha rápida ya todo podía estar muy bien, iría al súper, compraría las revistas de siempre, una película porno y luego podría hacerse un almuerzo decente, con ensalada incluso. Fresco se dirigió a la puerta; cuando ya tenía las llaves en la mano izquierda y se disponía a salir fue abordado por un  sobresalto confuso. Un miedo irracional fue creciéndole por debajo de la piel y la panza, allí. Una baba  lo sobresaltaba, un temblor  recorría el cuarto: no escuchaba ni un solo sonido, ni una voz, Nada.

A esa hora por la calle de abajo deberían de pasar cientos de autos, el bullir del colegio de al lado, incluso la presencia de la mucama de los vecinos de arriba. Nada. Un temor lo dejó paralizado, irresoluto. Se dirigió como pudo al espejo, comprobó extensamente que su cara estaba allí, los mismos ojos, las mismas cejas, el mismo ceño cojonudo de siempre. Estaba todo en su sitio y sin embargo la angustia no se iba y volvió a sentir el vacío en el estómago, inmenso, todo el cuerpo empezó a dolerle, le temblaron las rodillas y casi que tuvo que arrastrarse hasta llegar a la cama.  De seguro iba a morir; las manos frías, sudorosas, los pies de plomo y un simio sobre el pecho, un peso que no lograba descifrar, intentó  tranquilizarse, puso sus pensamientos en orden, era el, estaba en su casa, era esa su vida, hoy había fallado porque la alarma se descompuso. Le pareció esto absurdo, nunca se había descompuesto, era metódico. Con terror volvió la cara al reloj que estaba en la mesa de noche. Igual. Las once de la mañana, el segundero corría afanosamente sin dudas. Todo igual. Era lunes. Seguía siendo de todas formas el lunes de esta semana de ese año, no sabía exactamente qué  fecha era,  había dejado de tener calendarios, no recordó porqué. Pudo levantarse y se dirigió a tientas al comedor, los periódicos eran viejos, el cartero no dejó el periódico usual. Seguía en la sensación de soledad absoluta. Nada. No lograba por fin estar tranquilo. Esa sensación de extrañeza lo abordaba. Pensó que si miraba por la ventana comprobaría que el mundo seguiría palpitando allá afuera, el mundo en su lugar, la hormiga-gente estaría allí y el también, no se resolvió; pensó que tal vez podría de esa manera atajar el delirio que lo invadía, sin embargo antes de descorrer la cortina, una mordaza de miedo lo dejó sin aire. Nada, no podría ver, solo la luz blanca a través de vidrio sucio. Viviría ese día  que no existe sino cada cuatro años.

Jazz
febrero de 2016