16 noviembre, 2010

Margy y sus desviaciones

Que a Margy y a mí nos gustara la misma chica no era cosa nueva. Por ejemplo, hace un mes conocimos a una pelirroja que atendía en un bar. Mientras ella le preguntaba el precio de una cerveza y la hora en que entregaba su turno, yo, sutilmente, observaba su culo desde todas las perspectivas posibles. Se trata de ser objetivas ‑me decía Margy- esperando mi veredicto final. Esta bueno, tiene un culo de aproximadamente 22x13 y es armonioso. Ea esto hay que celebrarlo es una buena área la que vamos a arar .Alzaba su cerveza y sonreía, con esa risa de niña, que en nada iba con sus pensamientos, con los nuestros, para ser justas.

Esa noche esperamos a  que saliera de su turno en el parqueadero, le invitamos un poco de polvo mágico. Y mientras yo le ofrecía fuego, Margy hizo lo de siempre, metío sus delicadas manos por entre las piernas de la pelirroja; era una escena tipo Hollywood, Ella con sus 1.65, su cuerpo delgado y gracioso, sus manos casi frágiles; la pelirroja, con sus 1.72 en posición encorvada, sintiendo que el universo se hallaba en sus calzones. Aún no comprendo cómo convencía a toda mujer que se nos cruzaba, yo terminaba compartiendo el té o unas galletas mientras ella se las comía salvajemente en un baño público o debajo de la mesa.

Todas las mujeres estamos totalmente aburridas, a que no, como uno no puede aburrirse si hay que estarle preservando el ego infantil a los hombres, adulando su falo insignificante, haciendo que giramos en su entorno. Fingir no es fácil, por eso accedemos a la diversión con alguien que comprende eso: Somos las grandes putas del universo y que siga así. Deberías practicarlo alguna vez, intentarlo alguna vez y no ser una santurrona voyerista.

Aquella noche nos quedamos de ver en el parqueadero del Centro Comercial X, no teníamos celulares y mucho menos nos veíamos entre semana, la cosa para citarnos era sencilla, ella me mandaba un mail, yo asistía. De ella sabía que  estudiaba en la Universidad Central: Filosofia, que tenía dos perros, que vivía con su abuela y que tenía un novio desde hace tres años. De mí, Margy sabía que tenía una cámara fotográfica y que me salían bien. Creo que eso le era suficiente. Vamos, me dijo a penas me vio, hoy será tu primera cacería sola mientras me saludaba con un  beso en los labios.

Cerca estaba el parque central. A esa hora decenas de adolescentes se apiñaban  en las escalinatas de la cancha de basquetbol, el rito de cada viernes, ver sin ver, adularse mutuamente los cuerpos, la ropa de moda que se lleva puesta. Una niña de aproximadamente  doce años estaba lo suficientemente separada como para abordarla. Llegamos, hablamos un rato (el mismo modus operandi de meses) luego empezamos a esnifar y se lo ofrecimos. Nadie le teme a Margy, sus ojos son dos platos de luna, dos remansos de mar. Siempre terminan aceptando. Le dijimos que fuésemos detrás, al jardín japonés que disponía el parque. La chica era morena, delgada, con unos senitos apenas asomandose, tenía algo de olor a rancio en las axilas, temblaba cuando la besé y siguió temblando cuando le quité la camisa y le alcé la falda. Margy tuvo que intervenir, cuando la chica opuso resistencia alegando que era virgen o alguna de esas excusas de siempre, la trajo suavemente hacia sí, se hundió en su entrepierna y sintió como de a poco se relajaban las excusas, luego de un largo rato, se levantó y me besó en la boca y me dijo: ahora sí, es tu turno, enséñale a esta niña a conocer el Universo.