06 marzo, 2016

RELATO DE CIERTA PARTE DE LA NOCHE DEL 6 DE MARZO



I


Supongo que escribo porque así me pienso en línea recta, o tal vez no, pero pienso mejor con las manos que sola, siempre estoy parafraseando o contando mal los chistes, mi torpeza es totalizadora. Ayer mientras departía con lo que Ospina llama los pocos buenos amigos de pronto se suscita una escena dantesca; un hombre corre por el camellón de los mártires  siendo  perseguido por dos policías, observo  divertida la graciosa danza, sudados, corriendo, pero  con cierto dejo de no querer alcanzarlo; los policías abochornados por que el otro corre, sudorosos, ridículos. Soy toda una carcajada y participo en el corrillo que estimula la escena, el director de esta película estoy  segura que es Buñuel.

Luego cruje la realidad, se desmorona el mito: el hombre, desde la profundidad de su caverna obscura pide ayuda, dice repetidamente SAL-VEN-ME; AYU-DA, SAL-VEN-ME; AYU-DA, ahora tengo en cámara lenta sus labios diciendo esas palabras, entonces volteo a observar a los demás compañeros de escena, observo sus caras, están detenidos por el cambio, por la transición, asombrados y mudos, sin forma alguna. No iban a ayudarlo. Ahora no tengo seguro porqué tome la decisión de ir a su auxilio; para mí me resultó una pulsión, vi en sus ojos miedo, sentí el terror absoluto que lo invadía, su sudar pegajoso y mortecino, una pulsión, un desconocimiento, un tiritar desde los huesos mojados por la violencia. 

De pronto me encuentro  aferrándome a ese hombre negro, lo abrazo tan fuerte que creo que voy a romperle las costillas, empiezo a suplicar los motivos por los cuales va a ser detenido, no hay respuesta, solo son ojos puntiagudos señalando, unas manos que forcejean, un odio que no sé muy bien de donde viene se, quiero soltarlo, hay otras personas que están mediando, tratando de llegar a una solución pacífica a todo este malentendido, sin embargo su voz es constante, su suplica inmisericorde: no me dejes solo, no me abandones, no me dejes solo, no me abandones, su terror que ahora es el mío y del cual intento huir nos une, danzamos desaforadamente, al unísono.

Luego el dolor, intenso, repetitivo en mi pie izquierdo, alcanzo a pensar que no es normal sentir el dolor con tanta intensidad y ritmo, una clarividencia: me están lastimando de manera intencional, busco como puedo de dónde proviene el dolor, un pie, unas botas, una cara que goza. No digo nada, pero me quedo con su cara tatuada en la retina. Nunca había  visto con tanto detalle: su color de piel, sus cicatrices, el color verde asco inundándolo todo. Accedemos finalmente a ser conducidos a la estación porque se había dado que mucha más gente se unió a la escena y se había formado una masa sólida, compacta de gente y debíamos aligerar la tensión. – Vamos –

Me  tranquilizo y un dialogo tierno se da entre los bailarines – Gracias- una mirada cómplice cierra nuestro trato. Le pregunto por qué huía y me dice: porque iban a requisarme y no entiendo. Me explica, que ha visto de cerca como meten merca a cualquier transeúnte para tener una productividad y que a mayor productividad mayor ascenso ósea más plata. Tiemblo.  En ocasiones la realidad supera a la ficción. Me asalta el entendimiento de lo desventajoso de la situación y acordamos  nos hacernos los huevones.

II

Wilson hace manifiesto el tono de ese carro y vomita, le digo que esté tranquilo, que era necesario.



III

La requisa en orden, ya pronto podremos irnos, estoy descalza y no entiendo muy bien por qué, me duele horriblemente.

Mientras, recuerdo con ardor la cara del hombresitoverdeviolento, le exijo su nombre, le digo incisivamente que sé lo que hiciste, tu y yo lo sabemos, como es posible ese placer tuyo ante mi sufrimiento, sabes hacer tus vainas perro, por supuesto entre tanta gente es normal que lo pisen a una,  lo hacías pero que no se viera que lo estabas haciendo, porquería. No niegues que eras tú, te vi, que me sé cada una tus arrugas, como sonríes, como debes de verte encima de la mujer que dices tener, te conozco,  aún no se tu nombre pero lo tendré, a tu imagen le asignaré el nombre que te corresponde hombrecillo, entonces su negativa insistente, mi indignación que me crece como espuma, que me aborda, que me inunda que me lo dé malparido que de esta no te salvas y un flash con los ojos cerrados, un chillido  en el oído izquierdo, no tengo opciones: me voy a hacer matar, este malparido me va a matar, lo agredo, nos gritamos, creo que lo muerdo y si no te mordí malparido te muerdo ahora hijueputa.

Wilson me dice que me tranquilice y  un trueque desigual se gesta, que se vaya señorita que acá vamos a ignorar que usted agrede a un oficial de la policía que eso da cárcel, si no dice nada de lo que acaba de pasar. No tengo el nombre.






IV


Ahora me siento abandonada, los brazos adoloridos, el pie sangrante, Wilson por fin sonríe, nos abrazamos y empezamos a caminar al lugar inicial, un dolor seguido de otro, una pisada fosforescente, y sus brazos en torno mío, consolándome, un silencio tierno nos circunda, estamos juntos y luego nos encuentran varias mujeres, un circulo se forma y  no hacen falta las palabras porque hay miradas cómplices en todos lados; sé que suena pretencioso pero ya las mujeres entendemos el mundo que la solidaridad se nos hace natural , la compasión y tenemos una absoluta perplejidad ante la violencia; Wilson me desmiente. Hay hombres igual o mucho más de compasivos y mujeres que no aman ni a los hijos. Encuentro que en todo tiene la razón, que son poca la gente que se solidariza ante el dolor y que actúa en coherencia al impulso. Le beso la mano. Gracias.